Bad Bunny: de "Conejo Malo" a artista incomprendido

Por Mauricio Rangel Jiménez

Es imperativo iniciar este análisis con una confesión honesta: nunca he sido seguidor de Bad Bunny. Hasta antes de su incursión en los ritmos de la salsa, su propuesta musical me resultaba ajena, marcada por un reggaetón y un trap que percibía simples, anclados en lugares comunes que no lograban captar mi interés. Sin embargo, lo acontecido en el escenario del Super Bowl LX trasciende cualquier juicio previo. Estamos ante un punto de quiebre que exige elevar la mirada; lo presenciado en ese montaje no es un simple acto pop, sino una obra con una complejidad discursiva que merece un examen riguroso y libre de prejuicios.

La crítica más elemental y recurrente hacia el artista se ampara en el uso del lenguaje. Se esgrime que la incomprensión de sus términos —tanto para el público anglosajón como para el hispanoparlante— invalida su calidad artística. No obstante, esta premisa es de una fragilidad absoluta. A lo largo de la historia, la música ha demostrado que el goce estético no depende de la traducción literal; hemos disfrutado melodías con palabras inventadas o carentes de significado, y cuántas veces no hemos tarareado canciones en idiomas que desconocemos, aprendiéndolas por pura fonética.

Pretender descalificar su obra desde esta perspectiva es abrazar una postura simplista e ignorante. Es, en última instancia, replicar la apatía del estadounidense promedio que no muestra el más mínimo interés por comprender la alteridad. La incomprensión del "otro" no es una falla del artista, sino una limitación del observador.

Bad Bunny no busca la asimilación; se expresa desde su raíz. Su canto emana de Puerto Rico —o "Poltolico", para los más osados en la fonética regional—. Ante la crítica hacia su habla, cabe preguntarse: ¿quién posee la autoridad moral para dictar las normas de un idioma tan vasto? Ni el lingüista más versado podría abarcar todas las variantes del español.

Así como los argentinos hablan argentino, los uruguayos, uruguayo, y los habitantes de Mérida su particular yucateco, Puerto Rico posee una identidad idiomática legítima. Que ciertas expresiones resulten crípticas para otros hispanohablantes no es un error de dicción, sino una manifestación de la riqueza cultural de nuestra lengua. La diferencia no es incorrección; es identidad.

Es comprensible que muchos se detengan en la superficie: el uso de frases que pueden leerse como misóginas o el enfoque en el perreo. Sin embargo, quedarse estancado en este primer nivel discursivo es un error de interpretación que ignora la ambición del espectáculo. El show del Super Bowl articula, al menos, tres niveles adicionales de complejidad simbólica que transforman el evento en una pieza de comunicación política y cultural de alto impacto.

Al adentrarnos en el segundo nivel de lectura, encontramos una narrativa visual meticulosamente diseñada. El espectáculo arranca con una declaración estética poderosa: el artista aparece vestido de blanco con prendas de la marca Zara. Esta elección es brillante: utiliza una firma de origen español, globalmente reconocida pero económicamente accesible. Al hacerlo, Bad Bunny reivindica lo latino como algo estético, relevante y, sobre todo, al alcance de la gente común, alejándose del lujo excluyente para abrazar una identidad compartida.

Esta narrativa visual se sostiene sobre tres pilares fundamentales que el artista utiliza para hacerse entender allí donde el idioma falla:

Primero, los valores generacionales, el respeto a los mayores se manifiesta en la interacción con una persona de la tercera edad, subrayando el lugar sagrado que ocupa la vejez y  nuestros padres en la estructura familiar latina.

Como segundo elemento la cotidianeidad gastronómica, la alusión a la comida callejera no es folclore vacío; es una reivindicación de una cultura culinaria que, en complejidad y sabor, supera con creces la oferta promedio estadounidense.

Por último, la competitividad y orgullo, en ese sentido, el boxeo se presenta como el escenario de las rivalidades regionales, pero también como el espacio donde el talento latino ha dejado en la lona a sus rivales de Estados Unidos en múltiples ocasiones —se los dejo de tarea—.

El tercer nivel, el más profundo, aborda la supervivencia y la política. El uso del oro en el show no es un despliegue de vanidad, sino una metáfora de las economías emergentes. Bad Bunny articula una crítica frontal a la extracción de riqueza que el primer mundo ejerce sobre Latinoamérica. Es un mensaje político sobre la realidad de la persona promedio que se ve obligada a empeñar su futuro para sobrevivir el día a día en un sistema económico desestabilizador.

Esta carga simbólica se refuerza con la imagen del niño que recibe un Grammy frente a un televisor. No es un detalle menor: representa la legitimación de los sueños y la esperanza de que la inspiración puede transformar la realidad de cualquier joven, independientemente de su origen.

Ahora bien, la transición hacia la salsa representa el clímax técnico y cultural del evento. Se ha criticado sistemáticamente al artista por refugiarse en el reggaetón, ignorando la dificultad que entraña un ritmo tan complejo como la salsa. Lo digo con conocimiento de causa: después de tres años de clases, mi propio cuerpo apenas empieza a descifrar la estructura del 1, 2, 3, 5, 6, 7. Ejecutar y bailar este ritmo en un escenario global es un acto de maestría.

Pero más allá de la técnica, la salsa es el símbolo del mestizaje. Es una mezcla de influencias, ritmos e instrumentos que representa la riqueza cultural de América Latina y, por extensión, la composición social de los propios Estados Unidos, que se nutre de esa misma diversidad.

El momento de mayor resistencia política ocurre cuando Bad Bunny invita a Lady Gaga, ícono del pop mundial, no para cantar en español, sino para sumergirse en nuestro ritmo. El mensaje es una "cachetada con guante blanco" a los sectores conservadores y a figuras como Donald Trump: "No voy a cantar en tu idioma, te voy a poner a bailar el mío". Ver a Gaga rindiéndose a la salsa es la prueba definitiva de que la identidad latina no necesita pedir permiso ni asimilarse para dominar la esfera global.

El cierre del espectáculo, con un discurso sobre la perseverancia y la realización de los sueños, es un grito de resistencia para los latinos que sufren redadas y maltratos en Estados Unidos. El artista reclama el espacio para su comunidad, recordándonos que los latinos que viven allá también son estadounidenses y pertenecen a esa nación por derecho propio.

Podemos decidir que su música no es de nuestro agrado, pero es imposible ignorar que Bad Bunny ha definido un concepto crítico a través de la imagen y la representación. Su show fue un acto de profundidad emocional y política. Este análisis es una invitación a despojarse de los prejuicios y a intentar comprender, desde la empatía, qué es lo que las nuevas generaciones encuentran en un artista que ha decidido ser auténtico hasta las últimas consecuencias. Al final del día, se trata de entender el mundo del otro para no quedarnos atrapados en la ignorancia de nuestro propio juicio.

Pueden ver el video completo de la presentación de Bad Bunny en el show del medio tiempo del Super Bowl aquí

 


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